Físicamente ustedes lo conocen. Un gurrumino. Las piernas, el cuerpo, los brazos, todo lo tiene hecho a escala reducida. No es un hombre. Es la maqueta de un hombre, la muestra gratis. Pero no se engañen, no se engañen. Lo ven con ese aspecto de garza asustada y dispuesta al vuelo, con esos ojillos que no saben qué hacer con la mirada, y lo creen un pobre diablo. No, señores, desconfíen de ese pobre diablo. Desconfíen de ese hombrecito al parecer tímido y linfático, y desconfíen precisamente a causa de su vulnerabilidad física. Una minusvalia orgánica produce hondos complejos espirituales, produce resentimientos, rencores, fobias. Odio en una palabra. Y un odio de la peor especie, porque su causa está en el sujeto que odia, está en el propio tipo que odia. Él lleva consigo mismo el motivo, el objeto de su odio. Es sujeto y objeto de su propio odio ¿me entiende? Y para esta clase de odio no hay remedio. Acuerdese de Nietzsche: no hay redencion para el que sufre de si mismo, a no ser una muerte subita. Estos tipos reciben constantemente la pisada del mundo. Cualquiera se les impone, y ellos no pueden guarecerse sino en el camuflaje, en la pasividad, en el mimetismo. Sonriendo y callando. Aguantan, en una palabra. Y ahi esta el peligro. En que aguantan, en que estan obligados a aguantar. Porque aguantar, señor, es una energia para adentro, una fuerza que tenia que ser centrifuga y usted la tuerce, la da vuelta y la hace centrípeta. Y entonces, claro, el homúnculo hace eso, aguanta, aguanta, aguanta, la prepotencia, el fracaso, la soledad, la postergacion, todo lo aguanta. Pero cada cosa que aguanta es una piedra que se echa dentro del espiritu y hace peso. Hasta que un día la capacidad está colmada, y entonces basta un grano de arena, una nimiedad que le exija un nuevo aguante, a lo mejor usted que lo miro fijo o le negó el saludo, y todo lo que el hombrecito lleva adentro le sale al exterior con la fuerza de un volcan en erupción, lo desfonda, lo da vuelta de derecho y del reves, como a una media, y ocurre una catastrofe: el hombrecito mata, incendia, hace una revolución. La gente se queda atonita: como, ¿ese infeliz que no levanta medio palmo del suelo, que nunca dijo esta boca es mia, y ahora..? Precisamente señor, ahora. Ahora ha hecho lo que ha hecho porque no levanta medio palma del suelo, porque nunca pudo decir esta boca es mía.
Rosaura a las diez - Marco Denevi
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